La influenza es una enfermedad infecciosa que normalmente se caracteriza por presentar fiebre, dolores musculares, dolor de garganta, dolor de cabeza y fatiga. Por lo general, la provoca uno de dos tipos de virus: influenza A o influenza B (la influenza C provoca infecciones en el tracto respiratorio superior en personas jóvenes, pero no es tan común como los otros dos tipos). La mayoría de las personas infectadas con influenza se sienten enfermas por varios días y luego se recuperan, pero en algunos casos, la influenza puede conducir a neumonía, otras complicaciones e incluso la muerte.
La protección de las personas depende de haber estado ya expuestas al virus, a través de una infección o de una vacuna contra ese el mismo. En cualquiera de los casos, el sistema inmunológico “recuerda” el virus y crea anticuerpos específicos para neutralizarlo la siguiente vez que penetre el cuerpo. No obstante, los virus de la influenza pueden mutar, o cambiar, con mucha rapidez. Cada determinado número de años, los virus de la influenza mutan lo suficiente como para producir una cepa nueva; a este proceso se le conoce como tendencia antigénica. Las personas que han estado expuestas a una cepa relacionada con ese virus probablemente tendrán alguna inmunidad previa a manera de anticuerpos, y la enfermedad que surja podría ser leve. En ocasiones, un cambio brusco en un virus produce una cepa muy diferente a las demás, antes de que los humanos tengan poca o ninguna inmunidad previa. A este proceso se le conoce como cambio antigénico, y puede tener como resultado una enfermedad prevalente y grave.